PILAR SAGARRA MOOR – CESAR AGUILERA CASTILLO

Esta joven zaragozana lleva a su espalada nueve exposiciones individuales, veinte colectivas, el  Primer Premio de Óleo del IX Certamen de Pintura “Carmen Holgueras”, una mención especial en el II Salón de Invierno Goya Art Gallery, de Nueva York;  ha colgado en Amsterdam (Exposición “Bringing the Children Back Home”, de la European Commision and Het Nederlandse Rode Kruis), en Marbella, en la Facultad de Filosofía y Letras de Zaragoza, en Madrid, una amplia serie de veces (Hotel Palace, Torres Begué, Grial, Club Mirasierra…), en las salas de Caja de Salamanca y de Soria, en “El Cantil”, en la Sala de Noja, de Santander. No es cosa de ir aquí detallando nombres de todas las galerías. Mucho, en todo caso, pues la carga vital y laboral que afronta a la vez que pinta es muy seria. Miembro de la Asociación Española de Pintores y Escultores, lo es también la Academia Libre de Arte y Letras de San Antón. La mejor crítica, incluido el Decano de la Crítica de Arte Española ha ensalzado sus logros y ha enaltecido el valor de su pintura; hemos recordado algunos premios.
¿Puede que dar algo por decir?.

Confiemos en que sí. Esta pintora no es autodidacta, ha pasado por escuelas. Su primera etapa de vida matrimonial la condujo a Munich, y desde ahí hasta USA, ha visto de todo. Vive esta etapa de la historia – ha confesado y hemos leído – como una era técnica, sobrecogedora en su aceleración trepidante. Desde esa experiencia vital hay que tener mucha fuerza creativa para poder no ya huir, sino resistir la pesadumbre de tanta velocidad y enfrentarse al cosmos, y querer ¿qué? ¿Acaso poseerlo, penetrarlo, dominarlo incluso?

Leer en estos cuadros, violentamente expresionistas, es un “mester” difícil, de todas las maneras.
Recordemos exposiciones previas. La pintora solía afrontar un cosmos de carácter intimista, con mucha frecuencia hogareño. Se ha escrito sobre su preciosismo. Yo subrayaré el preciosismo es sus múltiples pliegues de telas; en el estudio de las flores y plantas, habitualmente de interior, esforzado siempre; en los cristales y su cascada de luces, copas o vasos, a veces con paisaje al fondo. Estos paisajes no eran sino dulces, suaves. Parecía querer poetizar la vida. Y la verdad es que se le resistía. No pocas veces en los bodegones cabe advertir actitudes muy próximas al mundo del aprendizaje, con diversos aciertos, sí, pero titubeante, etapa caracterizada por el sufrimiento iniciático. Progresivamente se ha ido soltando. Y penetra en los suyo, en el “cosmos”. El “cosmos” tiene múltiples virtualidades, señalemos algunas que a esa pintura afectan. Nos domina. Queremos – la vista, el espíritu que se proyecta fáusticamente – dominarlo. No es posible; pero pretendemos que lo sea, y todo se convierte en un ejercicio de verificación de límites. Poesía y pintura quieren abarcar un infinito, y la tragedia es no llegar nunca. Los cielos se llenan de nubes, que, esas sí, parecen alcanzables. Y ahí particularmente el patetismo se plasma. Lo que hay más allá constituye el ámbito de lo inalcanzable. Se expresa con terquedad secular en unos azules, que sabemos inexistentes. Pilar Sagarra, mientras se amarra a la perspectiva de las cosas se equivoca con frecuencia.

Pero es que ahora la artista se enfrenta a un cosmos visual como quien hace filosofía, como quien interpreta, a la vez que en “el encuentro” proyecta su investigación, su lucha, su intimidad. En este caso, rebasados para siempre algunos temas tradicionales con todo su convencionalismo ñoño, asistimos a una suerte de rebeldía íntima y furiosa. Hemos dicho furiosa. La pintora ya no disimula una energía que conduce a mano hacia la vigorosa y ágil espátula, y proyecta el grito de la humanidad frustrada del dislocamiento de su centro existencial. No solo prefiere los paisajes broncos, sino que además logra en ellos sus aciertos mayores. Ahí, casi podría decirse que solo hay una pintura verdadera. Las nubes de sus cielos no se tiñen – aunque lo hicieran en una fotografía – de un suave carmesí, de un salmón soñador; en absoluto. Se tiñen de algo que ella busca y casi logra, el cárdeno al que apelan los escritores románticos, color de cielo hostil y ensombrecido, sordo al grito humano, enemigo y fiero. ¿Y las tierras? Suele elegir tierras de fertilidad nula, cainitas, para repetir a Machado. Hay el inexcusable verdor de la humedad próxima, predomina el matojo doliente, el monte bajo, la tierra arenosa, el árbol aislado, de hoja sin jugo, oscuro y triste, Ni una concesión apenas a la dulzura primaveral y creativa, poética en sus verdores de promesas.

Tal es mi entender el crescendo. Un crescendo musical que en euna serie de estos cuadros alcanza calidades de extrema sinceridad, que pinta con libertad desusada en la producción anterior, que grita casi sobrecogedoramente, para irse tras una anchura cósmica donde su investigación descubre angustia vital y la plasma como puede ( y puede mucho). El caserío no es protagonista lo es el orbe todo, el cosmos, decíamos, o sea, lo aplastante, lo agónico. La belleza no es protagonista, lo es el drama del paisaje visto con ojos que descubren el universal dolor.
Pero no es eso sólo. En esta muestra al descubrimiento del mal se añade una agresividad patente. Realidades que nunca hubieran sido revestidas de un rojo violento, lo están. La – relativa – verdura de ciertos temas y momentos se agita, está por incrédula, convulsa, en una wittgeinsteniano umbral de incertidumbres. Por la creación del hombre, más o menos esforzada, el monumento, el puente ciclópeo, Pilar Sagarra simplemente pasa, parece que no se fija, y aun siendo cierto el dibujo está diseñado con desplante, con tropiezos visuales, como los de cuando pintaba sillones y fruteros. Yo no creo que logre justezas cromáticas, como se ha escrito: logra las que ve, y las que ve son las que vive. Por fin este expresionismo parece lograr su liberación, el desamparamiento de las seguridades de escuela, que tanto daño ha hecho – y podrían seguir haciendo – a pintura en que ciertamente hay vida, inspiración, poderosa energía. Y los más severos, dolorosos, descubrimientos a los que un artista sensible tiene por fuerza que llegar. Para plasmarlos, claro, que es tanto como decirlos.