PILAR SAGARRA – CARLOS GARCÍA OSUNA

Yo diría que Pilar Sagarra es vitalmente machadiana porque “vivo en paz con los hombres y en guerra con mis entrañas”, pero sobre todo porque se enfrenta al acto creativo como una batalla en la que va orillando a los enemigos agolpes de espátula en ese campo cárdeno que es el soporte donde se producen todas las maravillas y también los arpegios cromáticos más dolorosos.
La artista aragonesa se mueve en el ámbito de la figuración, levemente moteada como expresionista. Cuando sitúa el caballete delante de la Naturaleza, es para tomar notas y hacer fotografías de esa realidad que, una vez habitados sus ojos, debe ser transformada en una reinterpretación tan libre como fiable en los puntos esenciales que hacen que un paisaje sea reconocible por estructura, disposición geográfica y hasta la influencia de los elementos, ya que la pintora no está preparada, sin embargo para trasladar a la tela un mensaje práctico, mimético, sino que aporta su capacidad de sentir, lo individual e irrepetible.

Aunque las circunstancias parezcan desaconsejarlo porque no está de moda, Pilar no pude sustraerse a una expresión de tonos neorrománticos en la que los cielos determinan la composición y el color esta plantado en la tela jugosamente.

Los motivos se deshacen con leves toques cromáticos, en los que destacan unos azules que apelan al misterio y a la fantasía, mientras el sentimiento y la pasión conseguida con fúlgidas irisaciones se proyectan en los carmines y los rojos que quiebran una realidad monocromática.
Sin embargo el ludismo tampoco está ausente de las creaciones de Sagarra, que juega con unas pequeñas pinturas a las que titula ”Caprichos” y “Desventuras”, para las que la acuarela y los “collages” son los instrumentos preferidos, además de unos guiños maliciosos en los que nos ofrece como inalcanzables diosas de papel recortado, rubicundas muchachas con las que siempre hemos soñado, Lolitas y Marilynes que apagaron los primeros ardores de una generación sepultada por preguntas y  prohibiciones inmotivadas ayudándonos a no someternos a estas rubias peligrosas ofreciéndonos un diván en la que hay una manzana, fruta con la que finalmente acabaremos saciando nuestro apetito de reflexiones. Los “Ensueños Infantiles” son otra serie tierna en la que los protagonistas son los niños, esos chavalillos que, como reconoce Pilar, tienen la capacidad de volar, de salvar los escalones de la escuela en una angélica y olímpica pirueta aunque sepan que les esperan los números y las palabras, lecciones incoherentes que pronunciamos los adultos. La poesía, finalmente, informa toda la pintura de Sagarra, que se permite, en un homenaje subconsciente a Benjamin Palencia, pintar los toros rojos, con el capote como piel, dotándoles además del lirismo de un título tan significativo como “Libertad: Aire – Tierra”. Y que ella guíe sus pasos